A veces me sorprendo mirando atrás, sin saber muy bien cómo he llegado hasta aquí. Veo caminos torcidos, cumbres que no esperaba, y caídas que dolieron más de lo previsto… y, aun así, aquí sigo. Sesenta y cinco años en la piel, con la memoria tatuada de todo lo que fui, y con un espíritu que insiste en latir como si todavía quedara mucho por descubrir.
He vivido con intensidad, a veces sin pensar en el mañana. Amé una sola vez con el corazón entero —de ese amor que no se repite, que deja cicatriz y consuelo a partes iguales—. Después vinieron otras historias: algunas dulces, otras fugaces, todas con su enseñanza. Porque incluso de los amores que no fueron, uno acaba aprendiendo a quererse mejor.
Tuve días de gloria y noches en que el suelo parecía tragarse mis fuerzas. Éxitos que me hicieron creer invencible, y fracasos que me bajaron de golpe a la tierra. Pero si algo he aprendido es que la vida no premia al perfecto, sino al que se levanta una vez más… aunque sea tambaleando.
Hoy, con los años sobre los hombros y la serenidad como bandera, sigo mirando hacia adelante con la misma curiosidad de aquel joven que soñaba con cambiar el mundo. En el fondo, sigo siendo un idealista que cree —y trabaja— por el bien común. Ya no busco certezas; me bastan las preguntas que me mantengan despierto.
Porque sí, el cuerpo acumula tiempo… pero el espíritu no. Él sigue explorando, dudando, amando, aprendiendo. Y si algo tengo claro a mis sesenta y cinco, es que la vida —toda ella— ha valido la pena. Incluso con sus sombras.
Sigo caminando. Tal vez más despacio, pero con la alegría de saber que he llegado hasta aquí. Cada amanecer me recuerda que sigo teniendo razones para vivir, para aprender, para sentir. No lo tengo todo, ni falta que hace. Tengo lo esencial: ganas, memoria y gratitud.
Y con eso… basta para seguir caminando. Y seguir viviendo.

error: ¡El contenido está protegido!