Hay modelos que posan.

Y luego está Rossana.

Italiana. Piel clara, mirada afilada y una forma muy suya de habitar el silencio. Rossana no entra en escena: la construye. Cada gesto suyo parece pensado, pero nunca forzado. Como si el cuerpo supiera antes que la cabeza dónde colocarse frente a la luz.

Con ella, la fotografía deja de ser captura y se convierte en diálogo. No pide instrucciones: las provoca. Sus manos dibujan marcos invisibles, esconden y revelan, tensan el encuadre hasta hacerlo respirar. Hay algo casi teatral en su presencia, pero sin artificio. Todo es verdad. Todo ocurre ahí.

Rossana entiende la sombra. No le teme. Sabe cuándo cubrir el rostro y cuándo dejar que la luz se cuele solo lo justo. En clave baja se mueve como pez en el agua: misterio, control, intención. Y cuando aparece el color —ese amarillo que estalla, esos labios rojos que mandan— lo hace con carácter, sin pedir permiso.

No es solo una musa.
Es cómplice creativa.

Trabajar con Rossana es asumir que la imagen final no será cómoda ni obvia. Será elegante, sí. Será intensa. Pero sobre todo será honesta. Ella no interpreta personajes: se interpreta a sí misma, una y otra vez, desde ángulos distintos.

Por eso está aquí.
Porque hay miradas que no se olvidan.
Y cuerpos que saben contar historias sin decir una palabra.

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