A veces uno cree que mira con claridad
y solo está mirando desde la herida.
Lo vivido fue intenso.
Conversaciones que se alargan, miradas que se reconocen, una cercanía que no se nombra, pero pesa. Cuando eso ocurre, algo se anuda por dentro. Y todo nudo, si se tensa, duele.
El gesto fue pequeño.
Una escena compartida con otros ojos.
Nada extraordinario.
Lo extraordinario fue lo que despertó en mí.
Llegó el recelo.
La comparación.
La sensación de perder un lugar que nunca había sido prometido.
Desde ahí nacieron palabras que no eran mirada, sino defensa.
No eran necesarias.
No eran justas.
El espejo apareció sin ruido.
La serenidad de quien sigue su camino sin explicarse.
Y en ese reflejo entendí: no estaba reaccionando como creador, sino como alguien expuesto. Demasiado pendiente. Demasiado frágil.
Tomar distancia fue cuidado.
No huida.
Una pausa para no invadir. Para no herir. Para no herirme.
Aceptar que no todo lo que se siente debe decirse.
Que admirar no es poseer.
Que el deseo no concede lugar.
Lo vivido fue real.
Fue intenso.
Fue verdadero.
Y aun así, pedía silencio.
No para olvidar,
sino para dejar que lo sentido respire
desde la distancia justa.