Cada año, al llegar los últimos días de octubre, nuestras calles se llenan de calabazas sonrientes, disfraces de monstruos y luces de neón. Niños y adultos se lanzan a celebrar Halloween con entusiasmo, como si fuera una costumbre de toda la vida. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar qué hay detrás de esa noche y qué estamos dejando perder entre tanto plástico y maquillaje.
En España, la víspera del 1 de noviembre ha tenido desde siempre un significado muy distinto. Se conocía como la Noche de las Ánimas o la Noche de Todos los Santos, un momento de recogimiento, respeto y memoria. Las familias acudían a los cementerios, encendían velas, rezaban por sus difuntos y compartían dulces tradicionales como los buñuelos, los huesos de santo o las castañas asadas. Era una noche de silencio y emoción, no de ruido y selfies.
Pero el marketing tiene más poder que la memoria. Lo que antes era una cita con nuestras raíces se ha convertido en un escaparate global, donde el miedo se vende en formato low cost y las redes sociales dictan el guion. Halloween no es el problema en sí, sino la facilidad con la que olvidamos lo nuestro en cuanto aparece una moda con más brillo y menos alma.
No se trata de negar la diversión. Todos disfrutamos de una buena fiesta. Pero quizás deberíamos recordar que la Noche de Almas tenía otra forma de celebrar la vida: reconociendo la muerte. Era una invitación a mirar hacia atrás sin miedo, a sentir que seguimos unidos a quienes ya no están, a comprender que las raíces son las que sostienen la identidad de un pueblo.
Hoy, cuando los niños llaman a las puertas gritando “truco o trato”, tal vez sería bueno enseñarles también que hubo un tiempo en que las puertas se abrían para dejar pasar a las almas, y no solo a los fantasmas de cartón. Que el miedo auténtico no venía de un disfraz, sino del olvido.
Porque las tradiciones no mueren cuando cambian. Mueren cuando se olvidan.