Nunca he tenido claro si me atrae el autorretrato… o si me asusta. Quizá ambas cosas son inseparables. Siempre que me pongo delante de mi propia cámara siento una especie de desorden interno, como si alguien hubiera movido los muebles de mi casa sin avisar. No es un miedo teatral, de esos que se nombran para quedar profundos. Es un miedo cotidiano, más silencioso: el de toparme con una parte de mí que prefiero mantener en penumbra.
El autorretrato, al menos para mí, no empieza cuando preparo el encuadre, sino cuando me doy cuenta de que no tengo dónde escapar. Ahí está la cámara, ahí estoy yo, y entre los dos se abre un espacio incómodo en el que no caben excusas. Cada vez que avanzo un paso hacia el trípode siento que estoy negociando con algo que no controlo del todo. Una especie de verdad que insiste en hacerse notar.
He leído y visto a fotógrafas que convirtieron esta práctica en una forma de pensamiento. Sherman tratando su identidad como un laboratorio. Cahun desafiando cualquier frontera posible. Spilker, aferrada al vacío con una calma que casi intimida. Otero, haciendo del color un gesto existencial. Cada una, a su manera, se enfrentó a ese mismo vértigo: ¿qué parte de mí debo dejar entrar en la imagen?
Yo me hago esa pregunta siempre, y nunca sé responderla. Hay días en los que creo que el autorretrato es una búsqueda filosófica, casi una meditación. Otros días pienso que es un espejo exagerado en el que no me apetece verme. Me ocurre algo extraño: sé manejar la técnica, sé iluminar, sé controlar la escena… pero en cuanto soy yo el que ocupa el encuadre, todo lo aprendido parece quedar en suspenso. Como si la técnica se retirara, educada, para que aparezca un pensamiento más primitivo: mírate de verdad.
A veces escribo una frase antes de disparar, pero no para orientarme, sino para medir cuánto estoy dispuesto a mostrar. Otras veces apago casi todas las luces, no por estética, sino para engañar un poco a mis propios temores. La oscuridad me permite llegar a mí mismo sin tanta vigilancia. En el fondo, creo que fotografiarse es una forma de interrogar la propia existencia. La pregunta no es “¿cómo salgo?”, sino “¿quién está llegando aquí conmigo?”.
Y sin embargo, insisto. Vuelvo. Coloco la cámara. Respiro. Entro en el encuadre. Hay un segundo —solo uno— en el que me siento expuesto pero lúcido, frágil pero verdadero. Ese segundo nunca es cómodo, pero siempre merece la pena. Porque ahí, en ese punto exacto, entiendo que el autorretrato no busca belleza, ni épica, ni heroísmo. Busca presencia. La mía, tal cual esté ese día, sin disfraz ni discurso.
Cuando finalmente disparo, suelo sentir una mezcla de alivio y desconcierto. Como si hubiera descubierto algo y, al mismo tiempo, no supiera explicarlo. Tal vez esa es la esencia: aceptar que hay partes de uno mismo que solo se revelan cuando la cámara deja de pedir perfección y empieza a pedir sinceridad.
Y ese gesto, ese pequeño salto hacia adelante pese al miedo, es lo más parecido que conozco a mirarme de verdad.