A veces pienso en cómo empezó todo.
Con aquella palabra lanzada al azar —fea—.
Y en cómo, sin darme cuenta, fue tomando otra forma con los días.
No lo sabía entonces, pero quizá ese gesto torpe fue la primera grieta por donde empezó a entrar la luz.
Nos conocimos en Instagram, entre fotografías que hablaban por nosotros.
Yo pensé que era modelo y le propuse una sesión.
Me respondió que no.
Entonces supe que era fotógrafa.
Su obra me detuvo.
Autorretratos que no buscaban gustar, sino decir.
Era como mirarse en un espejo que no devuelve solo la imagen, sino también la verdad.
Y ahí quedé, mirando.
Después vino lo demás.
No en orden, sino como llegan las cosas que no se planean:
una conversación que se alarga más de la cuenta,
una broma que rompe el hielo,
un silencio que no pesa.
Los días empezaron a tener otro ritmo.
Palabras que iban y venían.
A veces por la mañana,
a veces al principio de la tarde,
hasta antes de que la vida real la llamara al otro lado de la casa.
Entre tanto, un proyecto común:
levantar nuestras webs,
abrir un espacio donde las imágenes pudieran respirar.
La acompañé en ese proceso,
aunque en el fondo fue ella quien me guió.
Porque detrás del código, del dominio, de los píxeles…
estábamos levantando otra cosa.
Algo que no necesitaba ni motivo para existir.
Descubrimos también la escritura.
Y hubo reto.
El suyo: “Cuando la fotografía se convierte en narrativa”.
Acepté.
Y cuando intercambiamos los textos, entendí que no escribíamos sobre la imagen,
sino desde ella.
Como si cada palabra fuera una prolongación de nuestras miradas.
Recuerdo una mañana distinta.
No hubo fotos, ni correcciones, ni planes.
Solo una mirada a través de la pantalla
y una historia contada sin reservas.
Yo solo escuché.
Hay momentos así:
en los que las palabras no buscan respuesta,
solo comprensión.
Ahora, cuando te veo conectar,
algo en mí se aquieta.
Lo virtual se ha vuelto real,
aunque siga flotando en el aire.
Y sí, pronto volverán los días normales,
los de horarios y rutinas.
Pero no te preocupes.
Estaré, como siempre.
Quizá con menos ruido,
pero con la misma presencia.
Le robaré tiempo al tiempo,
entre trabajo y obligaciones,
para escribirte,
aunque sea solo unas muchas líneas.
Para recordarte que sigo aquí.
Porque a veces basta con saber
que alguien está,
aunque no aparezca en todas las horas del día.
Y cada vez que esa palabra asoma —fea—,
ya no suena como una broma.
Suena como un código secreto,
una sonrisa que viaja sin cables.
Quién iba a decirlo.
Que una palabra tan fea acabaría sonando tan tuya.
“Para quien convirtió la distancia en un lugar habitable.”