Siempre he sentido fascinación por el cine.
No solo por lo que se ve en pantalla, sino por lo que permanece dentro: el pulso de una historia, la emoción que no se dice, el silencio que sostiene una mirada.
El cine tiene esa magia de convertir lo cotidiano en algo trascendente.
Y a veces, cuando alguien lo entiende de verdad, se nota desde el primer plano.
Conocí a Elena por casualidad, a través de un correo electrónico.
Un intercambio breve, sin pretensiones, pero suficiente para intuir que detrás de sus palabras había una manera distinta de mirar el mundo.
Desde entonces, su forma de contar historias me acompaña.
En Hábitat hay una calma que parece respirarse, una manera de dejar que los silencios hablen.
En Les vacances de Mara, el mar y el viento se vuelven protagonistas, y lo no dicho adquiere más peso que cualquier diálogo.
Su cine no busca impresionar, sino conmover.
Y lo consigue desde lo más sencillo: la verdad.
Elena cuenta historias como quien escucha al mundo.
No llena los huecos, los deja vivir.
Y en esos huecos, uno encuentra la emoción más pura.
Cada vez que termino de ver una de sus películas, le mando un mensaje.
Siempre el mismo:
“No dejes de contar historias.”
Porque mientras ella siga contando,
yo seguiré creyendo en ese cine que no necesita gritar para decirlo todo.
Y quizá, en cada historia que ella cuenta,
encuentro también un reflejo de las mías.