ELISA NO BAILA: TRAZA.
Cada gesto suyo corta el aire como si dibujara sobre un plano invisible.
Entre círculos y sombras se estira, se pliega, se sostiene;
convierte la rigidez de las formas en un lenguaje vivo,
como si la geometría obedeciera a su pulso.
La luz —roja, violeta, azul— no la ilumina: la sigue.
Ella avanza y el color se desplaza detrás,
seducido por la precisión de su cuerpo,
por esa calma feroz que solo tienen quienes dominan el equilibrio.
En cada pose hay un pequeño universo a punto de estallar:
la línea que se estira,
el círculo que la abraza,
el silencio que se rompe cuando su pie toca el escenario.
Elisa es movimiento que piensa,
poesía que respira,
arquitectura que se flexiona.
Y tú, al mirar, no solo ves danza…
ves el mundo reordenándose a la medida de su cuerpo.