Cada día despierto con la sensación de que el planeta arde un poco más. No solo por las guerras que llenan los telediarios, sino por las que no vemos: las que se libran en las palabras, en las redes, en las sobremesas donde ya nadie escucha al otro.
Nos hemos acostumbrado al conflicto. A la tensión constante. A esa forma de vivir donde todo parece una trinchera. La política, las ideologías, incluso las emociones. Y lo peor es que ya no buscamos entender, sino ganar. Da igual el tema: si no piensas como yo, eres el enemigo.
Mientras tanto, las verdaderas tragedias —las que no caben en un tuit— siguen ahí. La gente que huye de las bombas, los países que se vacían de jóvenes, los mares llenos de cuerpos que nunca tendrán nombre. Todo eso sucede mientras discutimos por quién tiene razón en un debate que nadie va a ganar.
Yo sigo creyendo que el mundo no se arregla con gritos, sino con empatía. Que el diálogo no es debilidad, sino la forma más alta de inteligencia. Que aún queda espacio para la calma, para la cultura, para las personas que trabajan en silencio sin esperar nada a cambio.
Quizá sea ingenuo, pero quiero pensar que todavía hay esperanza. Que todavía hay más manos dispuestas a curar que a herir.
Porque el mundo, sí, está en carne viva. Pero sigue latiendo. Y mientras lata, vale la pena seguir intentándolo.