Hay un instante en que el tiempo deja de medirse en días y se convierte en memoria.
Miras atrás y comprendes que lo más valioso no fue lo que hiciste, sino lo que acompañaste a ser. Dos vidas que crecieron sin pedir permiso al destino, guiadas por la luz de algo que ya no está, pero sigue habitando en ellos.
Durante mucho tiempo creí que ser padre era proteger, enseñar, marcar el rumbo.
Hoy sé que también fue aprender a sostener el silencio, a dejar espacio para que el amor siguiera su curso, incluso cuando una parte de él se había ido demasiado pronto.
Ella sigue ahí —en los gestos, en la forma de mirar, en la bondad que a veces asoma sin motivo—. Nada se pierde del todo cuando deja raíces tan hondas. Ellos son prueba de ello: la mezcla perfecta entre lo que fuimos y lo que aún perdura.
He pasado de ser faro a ser costa. Ya no guío, solo permanezco, por si alguna vez necesitan volver la mirada.
Y cuando los veo avanzar, libres, serenos, con criterio propio, entiendo que no caminan solos: llevan dentro una luz compartida, la suyas, cada una por su lado pero atrevidamente paralelas.
Vicente y Luis.
Eso basta.