Hoy mi hijo mayor cumple 38 años. Nació un 2 de septiembre de 1988, y desde entonces su vida y la mía llevan recorriendo el mismo camino: a veces paralelas, a veces entrelazadas, siempre unidas por algo que no necesita explicación.
Hay quien dice que, vistos de espaldas, caminamos igual. Y es curioso, porque pocas veces he sentido que nos parezcamos tanto como en ese gesto involuntario, en esa forma de andar que ni él ni yo hemos elegido conscientemente. Somos, en tantas cosas, tan distintos. Y sin embargo, ahí, de espaldas, coincidimos. Quizá sea eso: que lo que de verdad nos define no siempre se ve de frente.
38 años dan para mucho. Para la ternura de los primeros años, para la admiración de verlo convertirse en quien es, para la preocupación que nunca termina de irse del todo, y también, por qué no decirlo, para la rabia y el enfado de tantos momentos en que no hemos coincidido. Pero por encima de todo eso hay un sentimiento que no ha dejado de estar presente ni un solo día: la protección.
No sé si es instinto animal o simplemente amor con otro nombre, pero lo reconozco sin pudor: me pasa con él, y me pasa igual con mi otro cachorro. Ese instinto de protegerlos, muchas veces con más celo del que sería razonable, es algo que no puedo evitar y que, sospecho, no dejaré de sentir nunca.
Y sin embargo, lo que más me gusta es verlos vivir. Verlos recorrer sus vidas con una normalidad que, a mí, a veces, se me escapa. Ver cómo viven, cada uno a su manera, y en algunas ocasiones, tener la suerte de vivir un poco de eso junto a ellos.
Feliz cumpleaños, hijo. 38 años no se cumplen solos, se cumplen con todo lo que hemos discutido y todo lo que hemos callado, con lo que te he dado y con lo que tú me has enseñado a mí sin saberlo. Que sigamos, aunque sea de espaldas, pareciéndonos, y que cuando alguien nos vea caminar así, sin vernos la cara, sepa que ahí va también todo lo demás.